La larga marcha hacia la unidad suramericana
Por Jorge Battaglino

Sudamérica se ha transformado en una región que exhibe un irresistible impulso a la cooperación política, económica y social, y que no resigna el proyecto de la integración. La referencia a la unidad de nuestros pueblos ha estado presente tanto en el discurso y las acciones de políticos de variados signos ideológicos, como también en el imaginario de las sociedades desde el momento mismo de la independencia hasta la actualidad. Esta afinidad cultural y social, producto de nuestro origen común, nunca ha desaparecido y ha cobrado un nuevo impulso en los últimos años gracias al lanzamiento de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR).

La Unasur, cuyo tratado constitutivo se firmó el 23 de mayo de 2008 en la ciudad de Brasilia, es una nueva manifestación de esta larga tradición sudamericana de búsqueda de la unidad. La Unasur cuenta con un total de siete consejos cuya principal función es desarrollar una visión sudamericana sobre una gran diversidad de temas, sobre la defensa, la salud, la energía, infraestructura o la educación.

La creación de una institución es siempre el resultado de una combinación de intereses y valores. Los intereses están detrás de la creación de cualquier institución regional, pero esta variable no es suficiente para explicar la dimensión simbólica que también se encuentra presente en estos procesos. El peso de ambos componentes es difícil de establecer, una tarea que excede la intención de estas reflexiones, sin embargo, es innegable que la identidad sudamericana ha tenido, y tiene, una creciente importancia en el lanzamiento y construcción de la UNASUR.

Esta situación puede resultar llamativa cuando se la contrasta con otras experiencias de cooperación e integración. La más exitosa, y de asidua e inevitable comparación con la nuestra, es la de la Unión Europea (UE). Para muchos es el horizonte a ser alcanzado. Sin embargo, un repaso apresurado a los orígenes de la UE es el mejor recordatorio de lo valiosa y única que es la experiencia sudamericana.

El largo proceso que condujo a la actual UE fue favorecido por un conjunto de condiciones favorables, todas ellas ausente en América del Sur. En primer término, siglos de interminables y sangrientas confrontaciones bélicas que culminaron en la Segunda Guerra Mundial, el mayor conflicto de la historia contemporánea. De la más completa destrucción nació el principal incentivo para el proceso de integración más profundo que ha experimentado el sistema internacional. Además, la presencia de la amenaza soviética y el apoyo económico y político de los Estados Unidos contribuyeron a dar impulso y a consolidar el proceso de unidad. Finalmente, la homogeneidad de las sociedades europeas contribuyó a que el mercado común se transformara en una realidad.

América del Sur no posee ninguna de estas condiciones y en algunos casos es preferible que así sea. Una cualidad única de ella, quizás su principal virtud comparada con otras regiones, es su escaso número de guerras. La región podrá padecer distintos defectos, pero las matanzas entre nuestros pueblos no es precisamente uno de ellos. Por ello, el camino hacia la unidad debe que contemplar nuestra especificidad como región, nuestras tradiciones políticas y dinámicas institucionales. La experiencia reciente de la Unasur puede resultar ilustrativa al respecto. La Unasur se ha transformado en una institución clave para el desescalamiento de distintas crisis que ha surgido en la región. Su flexibilidad y eficacia ha quedado de manifiesto con la desactivación del conflicto secesionista en Bolivia y con su acción durante las distintas crisis desatadas entre Colombia y Venezuela.

La Unasur es un nuevo ámbito institucional de negociación regional que puede ser convocado con rapidez y que tiene la suficiente flexibilidad para tratar una amplia variedad de temas. Estas características han quedado de manifiesto durante la crisis desatada por la instalación de tropas norteamericanas en bases de Colombia. Los presidentes y ministros de defensa y relaciones exteriores sudamericanos, cancelaron rápidamente compromisos previos y organizaron, en pocos días, dos reuniones consecutivas. La primera, en la Argentina, incluyó a todos los presidentes de UNASUR; la segunda, en Ecuador, convocó a los ministros de defensa y de relaciones exteriores. Esta dinámica contribuyó no sólo al desescalamiento de la crisis, sino también al establecimiento de mecanismos de consulta, de discusión y de negociación en el área de la defensa, que pueden transformarse en precedentes para el tratamiento de futuras crisis.

El mismo papel jugó durante la crisis de julio de 2010 cuando el presidente Uribe denunció la presencia de campamentos de las FARC en territorio venezolano. Luego de algunas escaramuzas diplomáticas,  se produjo nuevamente la rápida y exitosa intervención de la Unasur. El 22 de julio los presidentes de Colombia y Venezuela firmaron la Declaración de Santa Marta donde se comprometieron a “relanzar la relación bilateral restableciendo las relaciones diplomáticas entre los dos países con base en un diálogo transparente y directo, privilegiando la vía diplomática”.

La larga marcha a la integración regional es un anhelo de los líderes que fundaron nuestras naciones. Su construcción demanda considerar tanto las tradiciones regionales como la adaptación de experiencias internacionales. Es un proceso eminentemente político, sometido, por ello, a los avances y retrocesos que la política demanda. Mantener vivo el proyecto de la unidad regional requiere de una buena dosis de equilibrio entre aquellas visiones que consideran que la integración se encuentra muy cerca y otras que se aferran a la imposibilidad del cambio.

Publicada en Revista Cronopio el 20 de diciembre de 2010